¡Escuchemos a los pobres!

Con esta finalidad hemos organizado el encuentro de familias humildes y necesitadas que apoyamos el grupo de voluntarios samaritanos de la parroquia con los recursos que tenemos.

Resuena en nosotros las palabras del salmista, “él librará al pobre que clamaba, al afligido que no tenía protector; él se apiadará del pobre y del indigente, y salvará la vida de los pobres” (Salmo 71). Los pobres fueron acudiendo al encuentro desde barrios alejados del centro en un día caluroso y sin vehículos por las calles por el día de paro que se estaba dando en nuestra ciudad, un paro total en las instituciones y comercios; estuvimos dudando el hacer el encuentro, pero la convocatoria estaba hecha de tiempo, esperamos y fueron llegando para sorpresa y admiración nuestra.

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Les dimos la bienvenida y les explicamos la finalidad de este encuentro: la de escuchar y compartir para aprender unos de otros. Llegaron unas treinta personas contando los niños y de voluntarios samaritanos éramos un grupo de ocho. Nos sentamos de forma que todos pudiéramos vernos las caras, nadie presidía, todos formamos una comunidad. Cantamos la canción color esperanza, los niños salieron a otro lugar con dos samaritanos. Nos quedamos el grupo de adultos para compartir, nos servimos de unas preguntas:

¿Qué reciben ustedes de los samaritanos de la parroquia?

Recibimos atención y somos visitados en nuestras casas para conocer mejor la realidad que vivimos. Recibimos alimentos semanal o quincenal, medicinas, ropa, útiles escolares, algunos recibieron “casas seguras, saludables y dignas”. Manifestaron sentirse agradecidos por lo que se recibe de forma gratuita.

¿Reciben ayuda de otras instituciones?

Todos manifestaron que no recibían ningún tipo de apoyo para parte de otras instituciones.

¿Qué es lo que más les duele de la realidad o situación en que viven?

Se hizo un silencio, la respuesta era muy personal, había que abrir el corazón y expresar el dolor, no fue fácil, pero cuando alguien del grupo se lanzó a compartir su dolor, uno a uno fueron narrando sus situaciones y sus dolores, fueron testimonios en vivo donde la voz se les quebró y saltaron las lágrimas, también los que estuvimos allí presentes nos conmocionaron y palpamos en la carne de los pobres su propio dolor de impotencia para sacar adelante a su familia, de inutilidad por la enfermedad, de tristeza ante la realidad de no saber qué comerán ese día, de falta de trabajo, de abandono de su marido o mujer… Testimonios que nos tocaron el corazón y nos dieron fuerza para seguir adelante con el ejercicio de las obras de misericordia.

Después de escuchar a estor hermanos nuestros, tampoco era fácil tomar la palabra, fuimos invitados a hablar y se escucharon palabras de agradecimiento por narrarnos sus historias, de ánimo y valentía por la lucha de cada día por salir adelante y no rendirse; y, decirles de corazón que “no están solos, ahí estamos nosotros”.

Había en el grupo un señor anciano y jorobado, vino de un barrio muy lejos caminando, nos lanzó este hermoso mensaje “tienen un tesoro en el cielo”, lo dijo con una sonrisa en sus labios que no se nos podrá olvidar.

Fr. José Luis Colll
Misionero en Contamana

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